Poca cosa.
Lo que más conmocionó en los medios (el extra necesario, por lo cotidiano que ésta noticia se ha vuelto) fue el perfil de identidad de 2 de los integrantes, uno de ellos estudiante de Medicina de la UANL y otro, hasta ése momento aún prófugo, estudiante de Leyes en la UdeM.
Lo más impactante en ése momento, para mi, fue el hecho de haber compartido con ellos un aula en años de preparatoria. Ese detalle quedó tan rebasado por lo que vine a descubrir días posteriores, al percatarme de que uno de ellos aún existía en el mundo Facebook, y yo era acreedora a visitar su perfil.
Héme ahí, como voyeur cualquiera, es cuando me encuentro con esto.
Escuchamos día con día a Maria Julia o al querido "arqui", aplaudimos en las calles al heróico cuerpo militar y exigimos todos vestidos de blanco y con velitas en el piso un enorme "YA BASTA". Unos consideramos las llamadas anónimas, mientras otros tememos tanto vernos involucrados de cualquier forma en éste cáncer de plomo que nos explotó en la cara hace un año ya. De cualquier manera que sea, pocos son los aún exentos de que a sí mismo, a su hermano, a su primo, o al amigo del amigo les haya sucedido algo, secuestro o intento de, exprés, extorción, whatever.
Y todos nos creemos hartos, todos concordamos en que esto debería cambiar, no nos es indiferente, nos ha marcado como individuos o como sociedad, ¿no es así?
Pues no. Me sorprende al cólera encontrar perpetuado el mismo pensamiento clasista que orgullosamente nos caracteriza a los regiomontanos. Estamos dispuestos a gritar ¡Pena de Muerte!, siempre y cuando nos presenten, en la tele, como enemigo la otredad. Nunca nosotros. Para el regio, ha sido dificilísimo, hasta ahora un fracaso reconocerse parte del problema que sufre. Deben ser los otros, los que vienen del sur, o los que van al norte. O los que no trabajan (el peor de los insultos en regiolandia). La culpa es de los gringos, y los tamaulipecos.
Pero cuando de pronto nos alcanzan un espejo y nos dicen "he aquí, tu realidad"
Algo no nos hace click.
¿Cómo, siendo un hijo de familia -bien-?
¿Cómo habiendo estado siempre en colegios?
¿Cómo, si quería ser médico?
¿Cómo si era atleta, fuerte, sano?
¿Cómo es posible, si hasta sacaba buenas notas?
Pues no, ni así. Hay algo más que no estamos viendo, y a lo que le cerramos los ojos frente al espejo que nos dice "sí, tú, regio bronceado de ojos claros, niño San Pa, tú niña bien, ustedes católicos, gente trabajadora, los sultanos del norte, ustedes TAMBIÉN son secuestradores, ustedes TAMBIÉN son asesinos, ustedes TAMBIÉN".
Nos cuesta un trabajo enorme redefinir estos conceptos, éstos escenarios. Estamos tan casados con hollywood y los estereotipos que no nos cuadra comprender al criminal, al asaltante, al sicario, o al vecino como personas. Personas igual que tod@s, con familia, amigos, historia, valores, ambiciones, sueños y algún color en los ojos. No se puede.
Pensamos que si ha robado, o matado, es un monstruo sin padres que seguramente llegó de Marte. Nada que tenga que ver con nosotr@s. Y si no es un malentendido, seguramente fueron las malas amistades. O quizá tuvo un fuerte motivo.
¿No vemos que hay algo aquí que no funciona? ¿No nos planteamos, ni por un segundo, que quizá los precios a lo que parece una vida digna son muy altos? ¿No podemos reflexionar por un segundo más quizá a qué le estamos dando valor, en lo concreto? No slogans cursis para que compremos flores El Día de Madres, sino lo que está detrás, precisamente de eso. ¿No somos nosotros también, víctimas pero victimarios en la codicia, en la ambición, en el brutal abuso de poder, en la corrupción, en la violencia? ¿No somos nosotros los primeros en esclavizar, en secuestrar los derechos de quien nos lava la ropa?
Pero si somos nosotros y nosotras, entonces ya no importa, ya no necesitamos penas de muerte ni castigos,
perdonamos, acudimos al amor fraternal, filial, lo que sea que se necesite para justificarnos. Debieron ser los otros. La mala influencia...
Porque no importa qué se haga o qué no se haga,
mientras preservemos ante todo el orgullo por ser quienes somos, como seamos,
no habrá necesidad de cambiar.
Ni esperanza tampoco.